Juan Santos Atahualpa

Juan Santos Atahualpa encabezó una insurrección masiva regional contra los colonizadores y misioneros españoles desde 1742 hasta su muerte en 1756. Tuvo un efecto devastador sobre las misiones establecidas en la región central peruana que no solamente se desintegraron sino que, por más de medio siglo, no pudieron ingresar a la selva central.


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Juan Santos Atahualpa


Juan Santos Atahualpa nunca dejó un documento escrito ni manifiesto personal alguno, la información que se tiene de él no es directa, proviene de terceros. La mayor parte de los testimonios proceden de las crónicas misioneras de los franciscanos, que fueron los más perjudicados por el levantamiento indígena, quizás es por eso que en estas cartas y crónicas aparece como un criminal, un personaje abominable y hasta diabólico. Otra fuente la conforman los expedientes criminales de juicios a espías y rebeldes capturados, conservados en el Archivo General de la Nación.

Es posible que Juan Santos Atahualpa hubiera nacido en 1712 en el Cusco o Cajamarca, por lo tanto su origen era serrano. Al parecer huyó a la selva central del Perú debido a un presunto asesinato cometido contra un padre jesuita. Se desconocen totalmente las razones de este hecho, que se dieron a conocer una vez que estalló la rebelión, lo cual podría resultar algo tendencioso. La información recogida por el padre Amich, da cuenta que era: “un indio ladino del Cusco que sirviendo a un jesuita había ido a España con su amo y volvió al Perú mas ladino de lo que conviniera, en la provincia de Huamanga cometió un homicidio y viéndose perseguido por la justicia se metió a la montaña de los Andes”.

Su discurso marcadamente religioso, así como su facilidad con las lenguas (español, quechua, latín y otros dialectos), hace pensar que se trataría de una persona con una elevada cultura. Si a esto se une su presunta relación y preferencia por los jesuitas, es muy probable que haya sido un indio noble, y como tal haya tenido acceso a un tipo de educación especial en el Colegio de San Francisco Borja del Cusco, donde aprendió además nociones de contabilidad, humanidades, etc. Esta cercanía con los padres jesuitas le permitió, inclusive, viajar a Europa y conocer el norte del África y Angola, de lo cual se vanagloriaba.

El siglo XVIII fue especialmente convulso para el virreinato del Perú, en especial a partir de su tercera década, y era en Lima la capital del virreinato en donde más se sentía la tensión social: “… Había sido devastada por el sismo de 1746, atacada por las epidemias de tabardillo y viruelas que siguieron a éste desastre natural pero, sobre todo, se encontraba desprotegida y sujeta a irregularidades en su abastecimiento”. Es posible que ese estado de fragilidad en que se encontraba el corazón del virreinato animara a que la población indígena expresara su exasperación.

En efecto, en estos años surgieron una serie de revueltas que tenían como elemento común la idea del retorno del inca. En 1737 un criollo que decía ser descendiente de los incas llamado Juan Vélez de Córdova, nacido en Moquegua (Bajo Perú), lideró una importante conspiración contra la dominación española en la Villa de Oruro (Alto Perú). En 1750 (cuando Juan Santos Atahualpa ya se había sublevado en la selva central) tuvo lugar el levantamiento de Huarochirí, cuyo origen fue el levantamiento de un grupo de rebeldes en Lima liderados por Francisco Inca. La revuelta fue abortada y se dice que algunos de los jefes comprometidos lograron huir, sumándose a las huestes de Juan Santos.

Por su parte, la selva central vivía su propio estado de efervescencia social, debido al rechazo de los indígenas a la misionización que realizaban franciscanos, aunada a la entrada de soldados españoles que además significaba la entrada de enfermedades como la viruela. En medio de estas circunstancias, el cacique ashaninka de Catalipango, Ignacio Torote, se levantó en 1737 y asesinó a varios franciscanos reunidos en la misión de Sonomoro. Entre los frailes asesinados estaba fray Francisco de San José fundador del convento de Ocopa.

Estallido de la Rebelión

El escenario inicial de la rebelión fue el Gran Pajonal, en la cuenca de los ríos Perené, Tambo y Pichis, actuales Chanchamayo y Cerro la Sal. Esta zona estaba habitada principalmente por población indígena, mayormente de lengua arahuaca y de costumbres diferentes a los indios de la sierra. Algunos de ellos ya vivían en pueblos misioneros organizados por los frailes franciscanos, pero la mayoría vivía dispersos en los bosques y las riberas de ríos y quebradas; eran cazadores y recolectores y practicaban una agricultura itinerante.

Se calcula que, en el momento del estallido de la rebelión, los franciscanos tenían bajo su control treinta y dos pueblos de misiones con un promedio de trescientos habitantes cada uno, distribuidos en las intendencias de Tarma y Jauja. Todo hacía una población aproximada de nueve mil personas.

La rebelión empezó en mayo del año 1742. Juan Santos escogió para este inicio, la misión franciscana de Quisopango en el mismo centro del Gran Pajonal y bastante alejada de las misiones del Perené y Chanchamay. Se considera que este lugar fue estratégicamente escogido por Santos para hacer el llamado a la insurgencia, no solo por su difícil accesibilidad sino también porque allí estaban reunidas muchas familias indígenas forzadas por los misiones a convivir. Otra estrategia utilizada por Santos para atraer a los indios selváticos fue controlar el Cerro de la Sal, lugar al cual acudían desde lugares remotos indios del llano amazónico para proveerse de este recurso indispensable no sólo para condimentar sus alimentos sino también para preservarlos.

Las cartas de unos frailes franciscanos que habían tomado declaración a dos negros esclavos Francisco y el Congo a quienes Juan Santos Atahualpa había dejado ir, da cuenta de de su aparición en la selva central.

La base de su apoyo fue un conjunto multiétnico, aunque tuvo una preferencia por los indios amuesha debido a que su panteón religioso se parecía más al incaico, y era cercano al discurso religioso.

Causas

Las causas de la rebelión son complejas, intervinieron no sólo motivos políticos y económicos. Por un lado, los trabajos excesivos encargados a los indios ashaninka (campas) y amuesha, consistentes en la apertura de caminos, puentes y tambos (almacenes). Por el otro, el régimen misionero mismo tuvo un fuerte impacto sobre los indios. En esa época, evangelizar implicaba reducir a los indios en pueblos, sedentarizarlos, lo cual era expresado por los misioneros en términos de sacarlos de su estado de salvajismo y “civilizarlos”, es decir, que aprendieran a vivir en centros urbanos. Un costo no previsto de la sedentarización fue el incremento notable de enfermedades y epidemias en estos pueblos misioneros, que hicieron que en muchas ocasiones algunos indios asociaran a la misión con la muerte.

Dez años de revuelta y luego… desaparecio entre humo

Se considera que hubieron dos periodos en la revuelta de Juan Santos Atahualpa. El primero, comprendido entre los años 1742 y 1752, en el que primaron acciones bélicas con triunfos importantes para los rebeldes como la toma de Chanchamayo (1743) y la toma de Andamarca (1751).

El segundo corre a partir de 1752, cuando los rebeldes dejaron la actitud bélica y se retrajeron a su selva para vivir pacíficamente, pero sin permitir la entrada de españoles Esto duró algo más de cien años. En efecto, durante más de un siglo la selva central resultó sellada a la incursión de colonizadores y religiosos, fue recién en el gobierno de Ramón Castilla (1848) que se reinició el interés por la zona de Chanchamayo.

¿Qué pasó con Juan Santos Atahualpa? Nunca fue tomado prisionero, las autoridades virreinales afirmaban que había sido derrotado pero nunca pudieron mostrar evidencias al respecto. Se cree que murió entre 1755 o 1756 , pero tampoco hay certeza al respecto, la leyenda dice que había “desaparecido entre humo” o que Dios mismo había mandado ángeles a recogerlo. El final de Juan Santos se pierde entre el mito y la leyenda.

Fuente:[Ministerio de Cultura]





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