Desde Bermo (Niger) (AFP)

Los nómadas del Sahel, cada vez más amenazados por el cambio climático

Hace nueve días que la familia de Alí, con sus 27 ovejas y seis camellos avanzan bajo el sol. Nueve días persiguiendo nubes que parecen burlarse de ellos. Es mediodía, el termómetro supera los 45 grados y hasta donde alcanza la vista la tierra está seca.

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Unas mujeres wodaabe, un subgrupo de los fulani, se reúnen para cantar durante una ceremonia cerca de Bermo, en Níger, el 26 de de junio de 2019 - AFP/AFP
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Hace nueve días que la familia de Alí, con sus 27 ovejas y seis camellos avanzan bajo el sol. Nueve días persiguiendo nubes que parecen burlarse de ellos. Es mediodía, el termómetro supera los 45 grados y hasta donde alcanza la vista la tierra está seca.

"Hemos escuchado decir que las primeras lluvias han caído al norte", dice el hombre de ojos negros y tocado con turbante, mientras llena una cantimplora. "Allí es adonde vamos", agrega.

El camino es largo: más de 100 km, hasta Bermo, en el sur de Níger. El lugar donde se congregan miles de pastores fulanis a su regreso de la trashumancia, a partir de julio.

La caravana sube por paisajes arenosos y áridos desde la vecina Nigeria, donde el aire es húmedo y el agua y los pastos, abundantes. Alí y su familia pasan allí todos los años varios meses y luego se marchan.

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Unos pastores fulani se congregan en el mercado de ganado de N'gonga, cerca de Dosso, en Níger, el 22 de de junio de 2019 (AFP/AFP)

Las mujeres y los niños avanzan lentamente a lomos de burros sobrecargados con sacos de yute, bidones de plástico, esteras y calabazas.

La escena se repite hasta el infinito. Una interminable procesión de bueyes, ovejas, cabras y camellos rumbo al norte. En este periodo hace mucho calor. Los animales, escuálidos, parecen exhaustos.

Sin embargo, el año 2019 es bastante bueno. Las reservas de forraje de 2018 les ha permitido resistir y ya han salido los primeros brotes verdes gracias a la lluvia caída durante las últimas dos semanas.

Pero ¿cuánto durará? Bermo, a las puertas del desierto, sufre cada vez más sequías que diezman los rebaños. Y cuando llueve, son tormentas de arena o lluvias torrenciales que erosionan el suelo.

Níger, donde más del 80% de la población vive de la agricultura y especialmente de la ganadería, es el país del Sahel más afectado por los efectos del cambio climático y la subida de las temperaturas. Según las estadísticas nacionales, cada año se pierden entre 100.000 y 120.000 hectáreas de tierras debido a la desertificación y la erosión del suelo.

- 'Bocas que alimentar' -

"El clima se ha vuelto completamente impredecible. Lo que más miedo nos da son los focos de sequía que te sorprenden cuando menos te lo esperas", lamenta Djafarou Amadou, ingeniero de la Asociación para la Redinamización de la ganadería en Níger (Aren).

El año pasado, Bermo y sus 66.000 habitantes, recibieron con alegría las primeras lluvias, en mayo. Pero, al cabo de unas semanas, cesaron. Durante 30 días no cayó una gota de agua. Las llanuras comenzaron a ponerse amarillas, la hierba se volvió escasa y el precio de los cereales se disparó.

El ganado se ha convertido en una carga que hay que alimentar.

Rouada Sabgari se resignó a vender las vacas en peor estado, por una miseria: 5.000 FCFA (7,6 euros, 8,3 dólares) cuando normalmente valen más de 200.000 (305 euros, 335 dólares).

Cada invierno, el viejo ganadero fulani puede establecer su campamento cerca del pozo excavado por su abuelo hace más de medio siglo, a 6 km de Bermo. Pero se pregunta cuánto tiempo podrán sus hijos continuar con esta forma de vida ancestral. Con las sucesivas sequías de los últimos 10 años, perdió la mitad del rebaño. Solo le quedan 32 vacas.

Rouada Sabgari forma parte del clan fulani Wodaabe, que recorre distancias muy largas con sus rebaños, desde Níger hasta República Centroafricana pasando por Camerún y Chad. También se les llama Mbororo, como la variedad de animales con grandes cuernos que les acompaña.

Para él y los 25 miembros de su familia, el animal representa más que una fuente de ingresos: es el símbolo de su libertad. Con ellos traspasan fronteras y recorren mundo.

Para los fulani, la vaca tuvo un papel en el origen de la creación del mundo: ¿Acaso Gueno (Dios) el eterno no le dio forma a partir de una gota de leche ...?

"Antes no comíamos cereales ni carne. La leche era rica y abundante, bastaba para hacernos fuertes", explica el anciano, sentado en una estera frente a su tienda de campaña, en medio de una llanura barrida por el viento y bolsas de plástico que quedan enganchadas en las espinas. La contaminación también ha llegado aquí.

"Hoy ya no es posible".

- 20.000 francos por mes -



Las sequías de 74 y 84, que diezmaron la mitad de los rebaños, marcaron un punto de inflexión histórico en Níger y el resto del Sahel. "No estábamos preparados para eso, todos huyeron a Nigeria", recuerda Rouada Sabgari. "Los animales estaban tan delgados y cansados que había que levantarlos para que se pusieran de pie, incluso la gente se moría de hambre, no quedaba nada en los mercados".

Fue como una "maldición". Como en aquel entonces se creía que solo Alá era responsable de estas desgracias, los fulanis rezaron sin descanso para que lloviera. En vano.

Las sequías volvieron y, con ellas, las crisis alimentarias, agravadas por la creciente inseguridad y la guerra contra los grupos yihadistas en el país, provocando desplazamientos de población.

"Hoy tenemos menos animales y cultivos y más bocas que alimentar", afirma preocupado el ingeniero Djfarou Amadou, recordando que su país, el sexto más pobre del mundo, es también el que tiene la mayor tasa de fertilidad, con un promedio de más de 7 hijos por mujer.

Una espiral infernal: la presión demográfica y la escasez de recursos han generado una mayor competencia con los agricultores por la tierra.

Los conflictos se han multiplicado. En todo el Sahel, los cultivos están invadiendo los corredores de trashumancia y viceversa.

Como resultado, incluso en los años buenos como 2019, la población es vulnerable. Los precios del mijo, el sorgo y el maíz han disminuido y, pese a ello, solo entre junio y agosto, 1,2 millones de nigerinos se encontraban en situación de inseguridad alimentaria grave, según la FAO.

2004, 2010, 2015 ... Las crisis diezmaron las 40 vacas de Barka Azzey. Las que sobrevivieron al hambre y a las enfermedades no daban leche ni se reproducían. Por eso optó por otra solución.

"No era suficiente para comer, vestirse, así que me llevé a mi familia y nos fuimos a vivir a la ciudad", dice, triste, en el polvoriento patio donde vive ahora. Tres gallinas flacas descansan a la sombra de una antena parabólica donde se seca la ropa.

A sus 38 años, Barka se convirtió en conserje. Duerme en una cabaña con su esposa Rabi y sus cinco hijos, en la propiedad de un rico comerciante de Maradi (sur de Níger). Con 20.000 francos (30 euros) al mes, se ve obligado a contratar "maleji" (créditos) en el supermercado para alimentar a su familia.

- Detener el éxodo -

"En la ciudad, no hay nada bueno, aquí no hay nada más que desesperación", afirma Barka Azzey. Solo tiene una idea en mente: "ganar suficiente dinero para reconstruir el rebaño y volver a la vida de antes".

Al igual que él, miles de otros pastores jóvenes han abandonado la selva para probar suerte en la capital, Niamey, u otras ciudades importantes de África occidental. Se convierten en limpiabotas, vendedores de tarjetas SIM o de plantas medicinales.

En las aceras de Bamako, Conakry o Dakar, engrosan la lista de emigrantes que en otros lugares huyen de la violencia o la pobreza. El éxodo es masivo.

Aren, principal sindicato de ganaderos, junto con oenegés como Oxfam, ha establecido programas para tratar de detener la hemorragia. Se creó una lechería en el centro de Bermo. Unas 300 mujeres volvieron a vivir al pueblo. Elaboran yogur y queso que luego venden en el mercado.

Durante 15 años, Hadiza Attahirou pasó cuatro meses al año en Malí o Senegal. Ha recibido dos vacas y ahora gana unos miles de francos CFA adicionales. "Ahora que tengo este trabajo, puedo aliviar a mi esposo cuando se va de trashumancia y pagar la escuela de mi hija", explica la mujer de 39 años con la boca tatuada y los brazos cubiertos de joyas.

Otros se han beneficiado del microcrédito para comprar herramientas agrícolas o máquinas de coser. Azara, de 18 años, confecciona un traje, mezcla de tejidos de colores, conchas y perlas. "Eso es lo que vestirán los hombres por Gerewol", dijo con picardía.

Esta gran fiesta, al final de la temporada de lluvias, es el momento más importante del año para los fulani Wodaabe.

Llegan familias nómadas de todo el Sahel. Es una oportunidad para reforzar lazos de amistad y para el amor. Celebramos matrimonios y nacimientos. La belleza se cultiva como un arte. Los hombres se preparan, se maquillan. Cuando cae la noche, bailarán para seducir a las mujeres.

Así recuperan fuerzas para echarse al camino, afrontar los peligros, el calor. Porque pronto, la hierba desaparecerá y los estanques se secarán. Y habrá que caminar, siempre más lejos, persiguiendo las nubes.

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