Desde Hammond (Etats-Unis) (AFP)

La variante delta del coronavirus pone en jaque a los hospitales de Luisiana

En la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital North Oaks de Hammond, Luisiana, detrás de los respiradores artificiales, los rostros de los pacientes lucen grises y demacrados, consumidos por el covid-19.

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Dos enfermeras conversan en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital North Oaks de Hammond, Luisiana, el 13 de agosto de 2021 - AFP/AFP
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En la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital North Oaks de Hammond, Luisiana, detrás de los respiradores artificiales, los rostros de los pacientes lucen grises y demacrados, consumidos por el covid-19.

Como en el resto de centros de salud del estado, sus instalaciones están volcadas a atender víctimas de la pandemia. De sus 330 camas, 81 están ocupadas por pacientes con coronavirus, la mitad de los cuales se encuentra en estado crítico.

El sur de Estados Unidos, que levantó sus restricciones sanitarias en la primavera boreal, ahora está en jaque por la ola que propició la variante delta del virus.

Luisiana es, de lejos, el estado más afectado, con más de 5.800 casos diarios en promedio, un 50% más que durante el pico de mediados de enero, cuando se registró el peor momento de la pandemia hasta ahora.

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El hospital North Oaks de Hammond, en Luisiana, el 13 de agosto de 2021 (AFP/AFP)

"No solo recibimos más pacientes durante esta ola, sino que su condición también es más crítica", dice el doctor Justin Fowlkes, especialista en enfermedades respiratorias. "Y, lamentablemente, también estamos viendo morir a más pacientes".

En esta unidad especializada en patologías graves se acaba de liberar una de las 18 camas. No por mucho tiempo, pues un nuevo paciente ya está siendo preparado para ingresar allí, donde será inmediatamente conectado a un ventilador.

Los 17 pacientes actuales están sedados y la mayoría está incluso en coma inducido.

"No queremos que su cuerpo haga ningún esfuerzo, queremos que el ventilador haga todo por ellos", explica Charles Abrams, coordinador de servicios.

Una pequeña cruz cristiana cuelga del cuello de este hombre de 53 años, de cabeza rapada y voz suave. Él trata de fingir estar mejor para tranquilizar a las enfermeras. "Me preocupo por ellas", dice con dificultad antes de hacer una pausa.

Detrás de su mascarilla, sus ojos brillan. Después de largos segundos, continúa: "Pero dada la situación, creo que están aguantando bien".

"A veces es difícil estar en casa, con nuestras familias", cuenta Stefanie Gras, enfermera de este servicio. "Porque no tienen idea de con qué lidiamos (en el hospital). Y no es fácil de explicar".

El hospital brinda apoyo psicológico a sus trabajadores, pero pocos optan por acudir a él. Para Abrams, las enfermeras no son conscientes del trauma que han sufrido desde el inicio de la pandemia. Dice notar "cambios de actitud, expresiones faciales".

- Refuerzos -

En un intento por detener la ola de la variante delta y aliviar al personal del hospital, Luisiana restableció el requisito de usar mascarilla en los lugares cerrados y tuvo que pedir apoyo a las autoridades federales.

El Departamento de salud envió al estado a unas 150 enfermeras y médicos como refuerzos, 15 de ellos al hospital North Oaks. La vacunación, a pesar de un ligero impulso reciente, sigue estando muy por debajo del nivel nacional.

Solo el 38,3% de los residentes de Luisiana están completamente inmunizados, en comparación con más de la mitad (51,2%) en el conjunto de Estados Unidos. Aquí en Hammond, 72 de los 81 pacientes de covid-19 ingresados no estaban vacunados.

Algunos reconocen estar arrepentidos, comenta el doctor Fowlkes, y tratan de convencer a sus seres queridos de que no cometan el mismo error que ellos.

Pero una proporción similar se mantiene firme en su postura. Uno de ellos, "muy enfermo y cuyo estado se estaba deteriorando", explicó al médico que "si tuviera que volver a decidirlo, aún sabiendo que se vería contagiado y hospitalizado, no lo haría. Seguiría negándose a vacunarse".

Los pitidos continúan sonando en la UCI. En la última habitación, un par de ojos están fijos en el cristal del otro lado del cual personal monitorea a los enfermos.

Sus pupilas están apagadas: esta joven de 28 años no puede ver el ramo que le han traído sus familiares y que las enfermeras han colocado justo enfrente de su puerta.

Cerca de las flores, un pequeño globo dice: "¡Buena recuperación!"

"Esperamos que mejore, pero no lo sabemos", suspira Charles Abrams.

Hace dos semanas, una decena de pacientes murieron en tres días. En 31 años de carrera, "nunca había sucedido", dice. "Y espero que nunca vuelva a suceder".





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