Desde Mosul (Irak) (AFP)

La industria de Mosul, apenas recuperada tras el paso del EI, lucha por salir adelante

Tras el paso de los yihadistas, Mosul, importante centro comercial de Oriente Medio, acabó con una industria marchita que, ahora, trata de recuperarse con la apertura de fábricas que intentan resistir pese a la feroz competencia y unas infraestructuras insuficientes.

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Un carpintero iraquí trabaja en un taller de la zona industrial del este de Mosul, en el norte de Irak, el 29 de septiembre de 2019 - AFP/AFP
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Tras el paso de los yihadistas, Mosul, importante centro comercial de Oriente Medio, acabó con una industria marchita que, ahora, trata de recuperarse con la apertura de fábricas que intentan resistir pese a la feroz competencia y unas infraestructuras insuficientes.

Hace cinco años, cuando el grupo yihadista Estado Islámico (EI) hizo de la ciudad su "capital" en Irak, las exportaciones y la fabricación cesaron súbitamente.

Ahora, las cadenas de montaje se vuelven a poner en marcha poco a poco, pero luchar contra las importaciones se ha convertido en una tarea titánica, pues rompieron los precios.

Esam Saadalá, director de una pequeña empresa lechera, retomó su actividad hace poco, después de que su fábrica fuera destruida "en un 60% por los bombardeos aéreos", durante los combates ocurridos en Mosul hace dos años.

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Un iraquí trabaja en una fábrica de puertas y ventanas, en una zona industral del este de Mosul, en el norte de Irak, el 30 de septiembre de 2019 (AFP/AFP)

Invirtió todos sus ahorros en la empresa, pidiendo dinero prestado incluso a sus familiares, para acabar con la guerra y con los tres años de yugo yihadista, cuando "Mosul estaba aislada del mundo, con todas sus fábricas cerradas".

Pero a los casi dos millones de habitantes de la ciudad, asfixiados por el paro y la pobreza, su elección no les genera grandes dolores de cabeza.

- Hasta Singapur o París -

Nazir Abdalá compra "productos importados, sobre todo chinos, porque son más baratos, aunque sean peores".

Con lo poco que le pagan en el restaurante en el que trabaja, este iraquí de 26 años no tarda en hacer sus cálculos: con 2.000 dinares -algo más de un euro- puede comprar un pote de queso blanco de Mosul, o uno mucho más grande de queso blanco turco.

Comprar productos extranjeros es algo nuevo en Mosul, donde el sector privado se enorgullecía, hasta el verano de 2014, de sus 350 fábricas.

Sus cementeras producían cada año más de un millón de toneladas. Hasta 1990, exportaban hasta a Singapur. Sus finos tejidos de algodón, las muselinas, se vendían en París y en otras partes.

Pero con el "califato", todas las unidades de producción fueron incautadas o cerradas a la fuerza por los yihadistas en esta provincia rural, que en otro tiempo fue el "granero" del país. Según el Banco Mundial, entre el 70 y el 80% de los equipos fueron revendidos fuera del país o desviados para fabricar armas.

Se abandonaron fábricas por la falta de materias primas o porque sus obreros cualificados tuvieron que dejar sus hogares. En cuanto a la demanda, se hundió, pues los habitantes pensaban más en la supervivencia que en gastar.



Ahora, la ciudad está liberada pero sus productos no encuentran salida en el mercado. Las carreteras, muchas dañadas o escenario de asaltos de células yihadistas, siguen plagadas de puestos de control.

Y cuando no es el ejército el que corta el paso a la circulación, son los paramilitares quienes perpetran atracos.

- Irán, Turquía, Arabia Saudita -

Recientemente, este tema provocó una crisis política entra Bagdad y una unidad paramilitar de la minoría shabak, que rechazó obedecer un decreto del primer ministro en dos ocasiones. Decididos a mantener sus puestos de control en la principal ruta entre Mosul y el Kurdistán, sus hombres bloquearon la vía durante días.

Puesto que, indica el centro de reflexión Chatham House, "esos ingresos son vitales para los grupos armados", que quieren mantenerse tras los combates.

Para la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), que ayuda a los empresarios a relanzar sus negocios, otro gran problema es el "acceso desigual" a los servicios públicos.

"La electricidad escasea y, sin embargo, nuestra producción depende de ella enormemente", señaló Hashem al Najar, que hace poco reanudó su fabricación de tuberías, palas y otras herramientas de plástico.

Echando un ojo a sus máquinas y a sus empleados, rememora la época en que la empresa familiar suministraba pedidos a todo el país, "fácilmente y con total seguridad". Eso era antes de 2014.

Hoy, sólo vende en su ciudad, en el noroeste del país, una zona que limita con Turquía y Siria, que no se ha visto sacudida por las manifestaciones, empañadas por graves episodios violentos, que sacudieron Bagdad y el sur del país en octubre.

Pero incluso en su tierra tiene que hacer frente a la competencia de "productos procedentes de Irán, Turquía y Arabia Saudita, principalmente".

Frente a ellos, explica Abdelmoheimen al Hamdani, un empresario de 45 años, es imposible bajar los precios. Lo que hay que hacer, explica a la AFP, es imponer tasas a las importaciones para convertirlas en una competencia leal, pues los productores locales están asfixiados por "la subida disparatada de los alquileres y los precios del transporte".

Para regresar a la edad dorada de antes del EI, defiende el economista Jaled Hamed, hacen falta "ayudas públicas, una renovación de los servicios y un sistema bancario estimulante".

Todo un reto en un país con un sistema bancario que, según el Banco Mundial, es "subdesarrollado".

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