Desde Porumbrei (Moldavia) (AFP)

El resentimiento de los trabajadores emigrantes en Moldavia

"Al menos una persona de cada casa trabaja en el extranjero": esta frase se repite incansablemente en las conversaciones en Moldavia, pero con la crisis económica de Rusia y Europa, la emigración ya no es lo que era.

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Unos moldavos venden frutas y verduras en una calle de Chisinau el 25 de octubre de 2016 - AFP/AFP
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"Al menos una persona de cada casa trabaja en el extranjero": esta frase se repite incansablemente en las conversaciones en Moldavia, pero con la crisis económica de Rusia y Europa, la emigración ya no es lo que era.

"Rusia se ha acabado para mí, ya no hay trabajo allá", afirma Pacha, un joven de Porumbrei (centro) que volvió a su país hace seis meses, tras haber trabajado en Rusia durante varios años, en el sector de la construcción.

"Hacia el final, ni siquiera nos pagaban", cuenta, dolido.

Grigore, de 28 años, oriundo de Horesti (centro), cuenta una historia similar. "Nos prometieron 1.000 dólares mensuales, pero apenas recibíamos 200 o 300", confía, cuestionando la actuación de su patrón moldavo.

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Unos moldavos venden productos en una calle de Chisinau el 25 de octubre de 2016 (AFP/AFP)

Desde los años 1990, la emigración supone un enorme balón de oxígeno para el país, uno de los más pobres de Europa, que elige a su presidente este domingo.

Alrededor del 41% de la población de esta exrepública soviética vive con 5 dólares diarios, según el Banco Mundial, mientra que el salario medio bruto es de 220 euros al mes.

"Unos 800.000 moldavos [de una población total de 3,5 millones] viven en el extranjero. Entre 300.000 y 500.000, en Rusia, y cerca de 200.000 en Italia", indicó a la AFP la directora de la oficina encargada de las relaciones con la diáspora, Olga Coptu.

Este fenómeno afecta también a los jóvenes graduados "en busca de un futuro mejor para sus hijos", agrega.

"Uno de cada 100 moldavos abandona el país cada año. Se trata de la tasa de emigración más alta de la región", subraya por su parte la ministra de Trabajo, Stela Grigoras, en una entrevista con la AFP.

- Bajan las remesas -

Según ella, "el tiempo en el que notábamos los efectos positivos de la emigración empieza a tocar su fin".

Si en 2008 los envío de dinero de los moldavos que trabajaban fuera ascendía a 1.660 millones de dólares (1.500 millones de euros), es decir, el 27% del Producto Interior Bruto (PIB) del país, en 2015 éstos bajaron un 30%.

La caída es todavía más drástica para las remesas procedentes de Rusia (-45%), con un monto medio que ha pasado de 400 dólares en 2014 a 280 dólares el año pasado, según las cifras oficiales.

Los analistas acusan la fuerte devaluación del rublo y la contracción de la economía rusa, provocada por el hundimiento de los precios del petróleo y las sanciones económicas impuestas por los países occidentales por el conflicto de Ucrania.

Pero la crisis no sólo ha golpeado a Rusia.

Veronica, de 32 años, explica que soñaba con reunirse con su hermano y sus tres hermanas, radicados en Italia, antes de renunciar a ello a causa de la degradación de las condiciones económicas.

"Paradójicamente, mi hermana, que es limpiadora, gana más que su marido, italiano, empleado en una agencia inmobiliaria", explica.

De repente, los paquetes que enviaban a sus familiares en Moldavia se hicieron cada vez menos frecuentes. "Todos los sueldos bajaron allá", señala Veronica.

Por otro lado, según Grigoras, "cada vez más niños de migrantes se han unido a sus padres [en el extranjero] y éstos han dejado de enviar dinero".

- 'Trabajar como esclavos' -

Para animar a los migrantes a volver e invertir en su país, las autoridades han lanzado varios programas, prometiendo, entre otras medidas, un leu moldavo (0,046 euros) por cada leu invertido por cada migrante, señaló Coptu.

Iona Jumir, de 23 años, procedente de Rusestii Noi (centro), cuenta a la AFP que montó un pequeño negocio esperando que éste le permitiera volver a su país de origen tras haber trabajado en Rusia, Polonia y Grecia.

"Pero cuando hago cuentas, veo que no valía la pena", lamenta.

Emigrante de segunda generación -sus padres se fueron a Rusia y la dejaron al cuidado de su abuela cuando tenía ocho años-, Ioana espera que algún día los moldavos dejen de verse obligados a "trabajar como esclavos" en otros países.

Pero, por ahora, "Moldavia es como una hoja que flota en el agua", sin dirección, a merced de las decisiones de los políticos "cuyo único objetivo es enriquecerse lo máximo posible", señala, con amargura.




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