Desde Brumadinho (Brasil) (AFP)

La agónica espera junto al río contaminado por el lodo en Brasil

El río que pasa junto a la casa de Helton se volvió marrón el sábado. Algunos peces comenzaron a morir, trayendo hasta su puerta el rastro de una tragedia que a él ya le había arrancado algo peor. Su mujer y su hermana trabajaban en el comedor de empleados de Vale en la mina Córrego do Feijao, sepultado el viernes por la marea de lodo que arrasó esta zona del sudeste de Brasil.

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Un rescatista se toma un descanso en la búsqueda de víctimas que dejó el colapso de un dique en una mina, cerca del pueblo de Brumadinho, en el estado de Minas Gerais, en el sur de Brasil, el 28 de enero de 2019. - AFP/AFP
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El río que pasa junto a la casa de Helton se volvió marrón el sábado. Algunos peces comenzaron a morir, trayendo hasta su puerta el rastro de una tragedia que a él ya le había arrancado algo peor. Su mujer y su hermana trabajaban en el comedor de empleados de Vale en la mina Córrego do Feijao, sepultado el viernes por la marea de lodo que arrasó esta zona del sudeste de Brasil.

Desde entonces, el tiempo se ha parado en esta humilde casa a orillas del Paraopeba, que desciende de un marrón rojizo expandiendo el dolor por esta región minera que ya cuenta 65 muertos y casi 300 desaparecidos.

"Dicen que las búsquedas son frecuentes, pero el punto de acceso hasta donde estaban es muy crítico. Hay 15 metros de profundidad de lodo", explica con la voz apagada este operador de cargas de 28 años, que aún no ha podido contarle a su hijo de ocho dónde está su madre.

Sus ojos hinchados observan el paso del río, atravesado frente a su casa por un puente colgante que conecta la carretera regional con la exuberante mata atlántica.

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Personas en un puente sobre el río Paraopeba, revuelto por el lodo, por la ruptura de un dique en una mina cerca del pueblo brasileño de Brumadinho, estado de Minas Gerais, en el sureste de Brasil, el 29 de enero de 2091 (AFP/AFP)

Hace solo cinco días, esa agua era cristalina, como muestran las fotos del celular de Helton Adriano, donde se ve a su hijo jugar con el Paraopeba a la espalda.

Poco después del mediodía del viernes, a una veintena de kilómetros de allí, el dique I de Córrego reventó vomitando sus 12,7 millones de m3 de residuos sobre el área administrativa de la mina, donde muchos de sus empleados almorzaban, antes de seguir su ola de destrucción.

Sirviendo la comida, como todos los días, estaban Carla -su hermana, de 35 años- y Samara, su esposa, de 28.

Con un hilo de voz, Helton recuerda cómo les dijo que cambiaran de trabajo cuando escuchó rumores sobre la represa. Pero no es fácil hacerlo en esta región cuya economía depende principalmente de las minas de Vale.

"Les pedí que lo dejaran y me dijeron que no, que nos estaban dando de comer", cuenta Helton, hijo de esta tierra rojiza que primero sacó oro y ahora abastece la demanda mundial, principalmente china, de mineral de hierro.

Rodeados de una maraña de diques que nadie sabe exactamente cómo están, muchos habían oído rumores sobre los riesgos de las represas que almacenan las sobras de la mina Córrego do Feijao. Pero nadie hacía nada.

"Ya se sabía que iba a reventar. Lo sabían. Los chicos que trabajaban allí tenían miedo de denunciar, de ser despedidos, y no decían nada", lamenta Vanderlei Alves, un transportista de 52 años, que perdió a varios amigos.

- Río abajo... ¿hasta el San Francisco? -

La capa superficial del agua arrastra sedimentos ligeros, mientras el lodo va quedando sumergido en la parte inferior.



Unas lluvias fuertes podrían aumentar un potencial nocivo que aún está midiéndose, pero que ya salta a los ojos.

Según World Wildlife Foundation (WWF), "se perdieron aproximadamente 125 hectáreas de bosques, el equivalente a 125 campos de fútbol" y la marejada avanza a 1 km por hora.

La Agencia Nacional de Aguas (ANA) estima que la ola de residuos y lodo llegará entre el 5 y 10 de febrero a la hidroeléctrica Retiro Baixo, a 300 km de Córrego do Feijao.

El temor, es que alcance el San Francisco, un cauce de vital importancia económica y social para cinco estados, a unos 30 km abajo del dique de Retiro Baixo.

- Peces muertos -

A pocos metros de la casa de Helton, un equipo de expertos ambientales toma notas y solo rompe un silencio de luto para preguntarle a un niño si ha visto peces muertos.

"¡Muchos!", responde el pequeño.

El nivel del desastre -que debe ser menor al de Mariana, considerada hace tres años la más grave catástrofe ambiental de Brasil-, aún tiene que ser determinado, pero los vecinos temen lo peor.

"La mayoría aquí somos muy rurales, usamos el río Paraopeba como alimento, por la pesca, para canalizar el agua o regar la huerta, y ahora ya no podemos hacerlo", lamenta Leda de Oliveira, una cuidadora de ancianos de 31 años.

También la familia de Helton se verá afectada, aunque ahora no puede pensar en ello.

"Dicen que es peligroso, que los peces están saltando fuera del agua, que hay un alto riesgo de contaminación. Pero ahora no podemos preocuparnos por los peces, porque tenemos que concentrarnos en las búsquedas", afirma, deseando que le dejen entrar a él mismo en el lodo, a buscar a su mujer y su hermana.

Pero no puede. Está obligado a seguir llorando su pena, al lado del río marrón.

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