Koricancha en Cusco

Fue unos de los más venerados y respetados templos de la ciudad. "El recinto de oro", como era conocido, era un lugar sagrado donde se rendía pleitesía al máximo dios inca: el INTI, por lo que sólo podían entrar en ayunas, descalzos y con una carga en la espalda en señal de humildad, según lo indicaba el sacerdote mayor Wilaq Umo.


Koricancha

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Koricancha
Ubicación: Intersección Av. El Sol y calle Santo Domingo.
Cusco - Perú
   
Horario de Visita
Lunes a sábado: 8:00 a.m. a 5:00 p.m.
   
Tarifas
Ingreso  libre  

 

INFORMACIÓN

Fue unos de los más venerados y respetados templos de la ciudad. "El recinto de oro", como era conocido, era un lugar sagrado donde se rendía pleitesía al máximo dios inca: el INTI, por lo que sólo podían entrar en ayunas, descalzos y con una carga en la espalda en señal de humildad, según lo indicaba el sacerdote mayor Wilaq Umo.

El frontis era un hermoso muro proveniente de la más fina cantería, decorado únicamente por una banda continua de oro puro de una palma de alto, a tres metros del suelo, y un techo de paja fina y delicadamente cortada.

En uno de los bloques de la segunda hilada se observan tres agujeros que pudieron ser utilizados para evacuar las aguas de las lluvias del patio interior, o como salida de la chicha que se ofrecía como ofrenda. Según los experimentos de Augusto León Barandiarán, si se golpea dentro de los agujeros se pueden escuchar las notas musicales "re", "la" y "mi".

Las piedras que componen el templo tienen un leve almohadillado en los lados que expresan la sobria estética de los incas. Antiguamente no existía el atrio triangular que sirve de entrada al templo colonial y el muro giraba en ángulo recto hacia la calle Ahuacpinta, la cual aún conserva un tramo del muro original de casi sesenta metros de largo. En el lado opuesto a esta calle, el muro se hace curvo al girar más de 90 grados, y continúa con una curva suave que fue cortada durante la construcción del templo. El muro del Koricancha coronaba un sistema de andenes que bajaban hasta el río.

 


Composición

La base de la composición inca para la construcción del templo, fue la cancha, patio alrededor del cual se disponían varios recintos de planta rectangular.

La primera que estaba junto a Intipampa, contenía los edificios principales del culto al Sol y a otros dioses del panteón inca; mientras que en la segunda ubicada frente a esa plaza se veneraba a Punchao, (una representación del Sol que consistía en una estatua de oro puro de la altura de un niño de diez años) que permanecía allí durante el día, y en la noche era llevado a la plaza para su veneración. El í dolo "dormía" acompañado por numerosas ñustas en una edificación vecina, fuera de la cancha, para luego ser devuelto a su lugar inicial por la mañana.

Según Juan Diez de Betanzos, el cronista biógrafo del Inca Pachacútec - quien "...con el cordel midió y trazó la Casa del Sol"- se construyeron, por lo menos, dos canchas hacia el fondo de la parcela, una detrás de la otra, y quizá otras más pequeñas para funciones de servicio que no se han conservado.

Cabe resaltar que en el lado oeste de la cancha principal existían dos edificios medianos techados a dos aguas, y en el lado este, otros dos más pequeños con el mismo techado. El labrado de la piedra en estos edificios (o en lo que ha quedado de ellos después de la construcción del convento colonial, los sismos y las reconstrucciones,) es aún muy fino.

 


Los "Aposentos"

Los Aposentos (nombre usado por Garcilaso) sirvieron para que la jerarquía religiosa se reuniera. Allí también se recibía al Wilaq Umo o sacerdote mayor. Al fondo del patio se ubicaba el aposento mayor, del que hoy sólo quedan algunos cimientos.

Estudios realizados en el lugar afirman que este aposento fue un espacio amplio de dos corredores formados por un muro central que sostenía la cumbrera. Los hastiales o mojinetes se hicieron en adobe como en todos los edificios incas, y los techados se ejecutaron con estructuras de madera y cobertura de paja.

 


El jardín

El famoso jardín interior del Koricancha era "regado a mano por agua que traían a cuestas" las acllas, y adornado tres veces al año con mazorcas de maíz y frutos de oro que las mismas ñustas colocaban en tiempos de siembra, cosecha o cuando los jóvenes se hacían guerreros en la fiesta del Huarachicuy.

 


El templo para los dioses y la sacralización geográfica

Como se ha mencionado anteriormente dentro del templo no sólo se veneraba al Sol, sino a otras deidades menores como la Luna y Venus. Según el Inca Garcilaso de la Vega, el local mediano de la esquina noroeste del templo era dedicado para el culto a la Luna, y el siguiente era para Venus, las Pléyades y otras constelaciones. Al otro lado del patio, en dos recintos menores, se rendía culto al Trueno (Illapa) y al Arco Iris (Cuichu).

En su fachada había un altar que sostenía la plancha de oro que reflejaba el sol del amanecer. Hoy está parcialmente destruido por obras coloniales que fueron reconstruidas más adelante.

El Koricancha no sólo albergaba los principales dioses del panteón inca, sino que tenía una proyección mágico-religiosa, cuyo el fin era el de sacralizar la geografía del Tahuantinsuyo. Por ello, del centro de la cancha principal, inticancha, partían los ceques, que son las líneas virtuales que comunicaban el templo con los espíritus que moraban en las montañas (apus), ante quienes, aún los poderosos incas, inclinaban su cabeza. También estaban ligados a las cumbres, abras, manantiales, salientes rocosas, marcadores astronómicos y puntos principales del paisaje cusqueño. Hasta el momento se conocen 327 ceques, 21 de las cuales se ubicaban en la pared perimétrica del templo o en los frentes de las calles cercanas.

Sobre los ceques, que podían extenderse hasta veinte kilómetros, se situaban, con minuciosa exactitud en el alineamiento, numerosas huacas, que también servían para el contacto con los Apus.


UN RECINTO DE FE Y RIQUEZAS HOGAR DE DIOSES, MOMIAS Y HUACAS

Tenía sus muros interiores revestidos de oro, era un lugar de inimaginables riquezas y motivo de profunda veneración y respeto. Así fue el Koricancha de los incas, un fastuoso templo levantado en honor al Inti o dios Sol -su máxima deidad-, en donde sólo podían ingresar los que ayunaban y traían una pesada carga sobre sus hombros, como signo de humildad.

Fueron los primeros incas -herederos de Manco Capac- quienes proclamaron al Sol como su dios supremo y ordenaron la inmediata construcción de un templo austero, para rendirle culto.

Fue Pachacutec (el que transforma la tierra en español), quien ordenó su remodelación y lo llamó Koricancha (recinto de oro), dotándolo de los finos acabados y las magníficas riquezas descritas por los conquistadores.

Una historia basada en los datos proporcionado por los cronistas como Cieza de León, quien recorrió el Cusco entre 1547 y 1550 proveyéndose de información sobre la cultura inca, de las mismas panacas o familias reales. En sus relatos describe al Koricancha como una de las casas más ricas del Cusco, la sagrada capital del Tahuantinsuyo.

En su interior -relataba Cieza, quien también era soldado- se albergaba a la mítica figura del dios Sol hecha de oro puro; y esta era tan grande, que ocupaba una de sus paredes de lado a lado.

Otro cronista, Garcilaso de la Vega -que no era soldado ni español, sino estudioso y mestizo- se referiría a esta suntuosa imagen como un gran disco de oro, que doblaba en tamaño a cualquier otra reliquia. El Dios tenía el rostro redondo con rayos y llamas de fuego.

En el templo no sólo moraba el Dios Sol, sino las momias -ricamente ataviadas- de algunos de los gobernantes incas que en los días de júbilo, eran sacadas en procesión a diferentes puntos de la ciudad imperial.

Durante la época prehispánica, las momias de los incas eran reverenciadas tanto o más que cuando estaban con vida. En el Koricancha, estas convivían con los dioses o huacas de los pueblos vencidos por los hijos del sol. De esta manera aseguraban la sumisión de sus derrotados, incapaces de rebelarse por temor a lo que les pudiera suceder a sus divinidades.

 


Cambio de divinidad

La armonía del culto en este lugar sagrado fue quebrada en la mañana del 15 de noviembre de 1533, cuando Francisco Pizarro ingresó al Cusco al mando de sus tropas. Entonces llegó un nuevo Dios al "ombligo del mundo inca". Un Dios que traería destrucción y muerte para los adoradores del sol.

Al poco tiempo del arribo de los españoles, la "ciudad sagrada de los incas" fue saqueada. Los incontables y exquisitos tesoros de los templos y palacios, incluido los del Koricancha, pasaron a las manos ávidas de oro de los conquistadores. Sueños de riqueza se hacían realidad en la capital del Tawantinsuyo.

Los hombres de occidente no dejaron nada. El despojo fue total y el Koricancha, que contenía ingentes cantidades de oro, fue el blanco preferido de los hispanos. Sus veneradas imágenes, incluyendo las respetadas momias de los incas, fueron sacadas en vilo como ordinarios botines de guerra, sin ningún tipo de consideración y ante la indignada impotencia de los creyentes.

Pero el desmantelamiento del templo había empezado antes, cuando parte de sus tesoros fueron enviados a Cajamarca, para pagar el rescate que le devolvería la libertad a Atahualpa, capturado por Pizarro. Libertad que nunca llegó. Los españoles no cumplieron su promesa. El Inca fue condenado a muerte.

Surge una leyenda

Era tanta la fama de este santuario inca que mucho tiempo después de su saqueo, seguía siendo visitado por españoles deseosos de hallar algún tesoro oculto. Una pieza de oro que llenara sus bolsillos y saciara sus anhelos de riqueza.

Impulsados por la codicia seguían excavando en sus inmediaciones. Ellos creían que los indígenas habían escondido buena parte de las imágenes de oro, porque en su resignación preferían perderlas, antes que verlas caer en manos foráneas.

La supuesta existencia de estos bienes perdidos, dio origen a una serie de sorprendente historias, como la que señala que detrás del Koricancha se encontraríaa una entrada llamada la gran Chingana, que conduciría a Sacsayhuaman -una impactante construcción inca al norte del Cusco- y al gran Paitití, la ciudad de las riquezas, oculta en la espesura de la selva.

Según el mito, por este camino huyó el príncipe Choque Auqui o "Príncipe Dorado", hermano de Huascar y Atahualpa, quien antes del inicio de la guerra por la sucesión de su padre Huayna Capac, partió del palacio de Amarucancha llevándose la momia de su progenitor, la estatua de oro de este y la sagrada imagen del Sol.

Su séquito estaba formado por los amautas ( maestros), los quipucamayocs (llevaban las cuentas del imperio), las ajllas (vírgenes del Sol), los sacerdotes y parte de la nobleza quechua. Todos se dirigían al misterioso Paitití. ¿Realidad o ficción? Hasta ahora nadie lo sabe.

Lo que si se sabe es que tras la llegada de los extraños hombres barbados, se levantaron sobre los templos y palacios incas, las casas e iglesias de los españoles no sólo para valerse de sus sólido muros de piedra, sino con la intención de aprovechar el aura sagrada de los mismos, en la tarea de catequizar a los "paganos" del "Nuevo Mundo".

Y fue así que sobre el Koricancha, se edificó la iglesia y convento de Santa Domingo, en la que aún se puede admirar los hermosos bloques de piedra finamente labrados del templo inca, los cuales contrastan con el estilo barroco de la construcción católica, siendo un claro ejemplo de la fusión cultural entre estos dos mundos, que después de su brutal encuentro, dieron a luz una singular ciudad mestiza.

A pesar de todo, los habitantes del ande nunca olvidaron a sus dioses. Siempre los recuerdan y renuevan sus creencias durante el famoso Inti Raymi o Fiesta del Sol, que se inicia en el Koricancha, el recinto que dejó ser de oro, pero sigue conservando la grandeza de sus muros de piedra.

Fuente:  www.cusco-peru.org

 

 

 

 




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