Santo Toribio de Mogrovejo

Santo Toribio de Mogrovejo fue un eclesiástico español, que realizó obras misioneras en el Perú, donde se desempeño como segundo Arzobispo de Lima. Su gran logro fue organizar la Iglesia en Sudamérica.



Fue destinado a dirigir la evangelización en el Perú

Toribio Alfonso de Mogrovejo nació el 16 de noviembre de 1538, en Mayorga, España. Estudió derecho en Coimbra y Salamanca y se graduó en Santiago de Compostela y fue Inquisidor de Granada. A la muerte de Fray Jerónimo de Loayza, primer arzobispo de Lima, quien había fallecido el 26 de octubre de 1575, el Patronato de Indias propuso al rey Felipe II el nombramiento de Toribio Alfonso de Mogrovejo.

El rey aceptó dicha propuesta, a pesar de que el Inquisidor de Granada todavía no era sacerdote, menos obispo. Era un laico que recién había entrado al estado eclesiástico o religioso, lo que se expresaba por la tonsura que lucía. Se elevaron las peticiones a Roma, las que fueron aceptadas y Toribio Alfonso de Mogrovejo fue preconizado arzobispo de la ciudad de los Reyes el 16 de marzo de 1579. A mediados del año 1580, por disposición del Papa Gregorio XIII, Toribio Alfonso de Mogrovejo fue consagrado obispo en la catedral de Sevilla.

Ingresó al Perú con humildad

En el mes de setiembre de 1580, el flamante arzobispo de Lima se embarcó en Sevilla y llegó a Paita en el mes de marzo de 1581. De allí hasta Lima se trasladó a pie, causando admiración entre los fieles, pero muchas jornadas tuvieron que hacerlo de noche para no sufrir demasiado el fuerte e inclemente calor del verano costeño. Llegó a Lima, la capital del Virreinato del Perú, el 12 de mayo de 1581, y fue recibido con júbilo y gran expectativa. Días después también llegaría don Martín Enríquez de Almanza, sexto virrey del Perú, en reemplazo de Francisco de Toledo, conde de Oropesa.

Fue su segundo Arzobispo

La arquidiócesis de Lima abarcó un extenso e importante territorio. Llegaba por el norte hasta Lambayeque, por el nororiente hasta Chachapoyas y Moyobamba, por el oriente hasta Huánuco, valle del Mantaro y las provincias de Angaraes, y por el sur hasta Nazca y Acarí.

Hizo históricos peregrinajes

En históricos peregrinajes, conoció hasta los últimos rincones de su arzobispado, predicando en castellano y quechua, organizando reuniones pastorales –como los concilios– y obrando varios milagros. De los veinticinco años que estuvo en el Virreinato del Perú, diecisiete los pasó visitando toda la extensión territorial que comprendía su arzobispado. Sólo ocho años estuvo en Lima. La primera de sus grandes visitas empezó el año 1584 y concluyó en 1590, duró, pues, siete años. Abarcó toda la sierra norte de su arquidiócesis. Los principales lugares de su itinerario fueron: Lima, Pativilca, Cajacay, Huaraz, Recuay, Piscobamba, Conchucos, Cabana, Cajamarca, Chachapoyas, Moyobamba, Huacrachuco, Huánuco, Conchamarca, Sicaya, Huarochirí, San Damián, Checras y Lima.

La segunda visita tiene dos etapas. La primera se inició el 4 de abril de 1593 en Carabayllo. Siguió por Aucallana, Huaral, Huacho, Huaura, Huarmey, Santa, Trujillo, Chiclayo y Lambayeque, llegando a Chachapoyas en la Semana Santa del año 1597. La segunda etapa se realizó entre los años 1598 y 1599 y recorre los valles del Chillón, Rímac, Lurín, Mala, Cañete, Chincha e Ica. Una tercera visita se realiza entre los años 1601 y 1604 y abarca diversos lugares de Junín y Huánuco, así como las provincias de Ica y Lima, retornando por Cajatambo y Chancay.

Un cuarto peregrinaje apostólico se inicia el año 1605. La ruta se inicia por Barranca, continúa por Cajatambo, se interna en la sierra por el Callejón de Huaylas, regresa a la costa por Casma y sigue por Pacasmayo y Chiclayo. El 11 de marzo del año 1605 se halla en Motupe, pasa al santuario de Guadalupe y de allí a la villa de Saña, donde se queda para celebrar la Semana Santa. Había caminado, como él mismo lo dice, “más de cinco mil y doscientas leguas (veintiséis mil kilómetros), muchas veces a pie, por caminos muy fragosos y ríos, rompiendo con todas las dificultades y careciendo algunas veces yo y mi familia de cama y comida; entrando a partes remotas de indios cristianos que, de ordinario, traían guerras con los infieles, adonde ningún Prelado o Visitador había llegado”.

Disputa con los virreyes

Los continuos alejamientos de Toribio de Mogrovejo de la ciudad de Los Reyes no gustó a los virreyes, tanto a Fernando de Torres y Portugal, Conde Villa don Pardo (1585-1589), como a García Hurtado de Mendoza, segundo marqués de Cañete (1589-1596), porque decían que hacía cosas que eran de competencia “del Patronazgo Real”, y “se entromete en todo lo que toca a hospitales, fábrica de iglesias...”. Además, decían, no tiene tiempo para ordenar más sacerdotes. Por ejemplo, tuvieron que llamar al arzobispo de Quito para que ordene doscientos sacerdotes. Irónicamente, el segundo marqués de Cañete decía: “Aunque aquí estamos muy quietos sin él”. Todos ellos deseaban que el rey llevara a Mogrovejo de regreso a España.

Unas veces con el virrey y otras con el arzobispo

Las discrepancias entre Toribio de Mogrovejo y los virreyes fueron tan marcadas que merecieron la atención permanente del rey de España, a quien recurrían los pleitistas en búsqueda de la aprobación a su gestión; por supuesto, cada uno por su cuenta y con sus razones.

Un ejemplo de esa controversia es el siguiente: Toribio de Mogrovejo dispuso que los indios del Rímac, de “Abajo el Puente” (Iglesia de San Lázaro), asistiesen a ser adoctrinados al mismo Cercado (iglesias de la Plaza Mayor). Los jesuitas y el virrey se opusieron a dicha medida y se quejaron al rey, quien les dio la razón y el arzobispo salió desairado.

Otro ejemplo. El Tercer Concilio Limense aprobó el funcionamiento del Seminario de Santo Toribio (nombre escogido como homenaje a Santo Toribio de Astorga). El 7 de diciembre de 1590 se inauguró dicho seminario al costado del actual Palacio Arzobispal (Plaza Mayor, Lima). A los pocos días, el arzobispo Toribio de Mogrovejo dispuso que en la fachada se labrase el escudo de armas episcopales.

Ese hecho, que estaba sucediendo al lado del palacio virreinal, llegó no sólo a los finos oídos del virrey sino también a sus nobles retinas. García Hurtado de Mendoza no podía permitir que el arzobispo siguiera usurpando sus funciones y ordenó que la guardia real acompañe a un picapedrero y destruyan el susodicho escudo de armas. El escudo de armas fue traído guarda abajo y el escándalo estalló en el centro de Lima. Toribio de Mogrovejo se quejó a la Real Audiencia de Lima.

Los oidores pretendieron que “las cosas se dejaran ahí, tal como están, en tanto se tenga una decisión del rey sobre el seminario”. El virrey aceptó la decisión pero nombró a un administrador para que esté al frente del seminario. El arzobispo montó en cólera y determinó el cierre del Seminario de Santo Toribio el 23 de marzo de 1591. En el año 1592 llegó la determinación del rey, autorizando el funcionamiento del seminario y su administración a  cuenta del arzobispado. Dicha disposición no quiso cumplirla el terco virrey García Hurtado de Mendoza pero sí lo hizo su sucesor, don Luis de Velasco, marqués de Salinas (1596-1604), a partir del año 1597. Sobre este asunto, desde el pueblo de Llamellín (Áncash), el arzobispo muestra toda su humildad al escribirle  al rey estas líneas: “... me he legrado y regocijado mucho en el  Señor con estos trabajos y adversidades   calumnias y pesadumbres, y los recibo de su mano, y los tomo como regalo, deseando seguir a los apóstoles y santos mártires, y al buen capitán Cristo Nuestro Redentor con su ayuda y gracia...”.

Santo Toribio de Mogrovejo y el tercer concilio limense

La más famosa de las reuniones eclesiásticas durante el Virreinato fue el Tercer Concilio de Lima (15 de agosto de 1582- 28 de octubre de 1583). Asistieron prelados y obispos de todas las colonias de América, con excepción  de la mexicana.
 
1. Para darle un “alma cristiana al continente sudamericano”, el Concilio de Lima (Concilio Limense o Primero de Santo Toribio) redactó e hizo publicar los primeros catecismos en castellano, aymara y quechua (1584). Fueron los primeros libros impresos en América del Sur.

2. En el Concilio de Lima se puso mucho énfasis en proteger los derechos de los indios. En la Tercera Sesión Conciliar, se aprobó el siguiente texto, correspondiente al tercer capítulo de la tercera sesión:  “Doliéndose grandemente este santo sínodo de que no solamente se les hayan  hecho a estos pobres tantos agravios y fuerzas con tanto exceso, sino que también el día de hoy procuran hacer lo mismo; ruega  por Jesucristo y amonesta a todas justicias y gobernadores que se muestren piadosos con los indios, y enfrenten la insolencia de sus ministros
cuando es menester, y que traten a estos indios no como esclavos, sino como hombres libres y vasallos de la majestad real, a cuyo cargo los ha puesto Dios y su  iglesia. Y a los curas y otros ministros eclesiásticos manda muy de veras que se acuerden que son pastores y no  carniceros, y como a hijos los han de sustentar y abrigar en el seno de la caridad cristiana”.

3. El concilio aprobó otras normas importantes, entre las cuales estaban las referidas a la administración de los sacramentos y de temas disciplinarios y canónicos. Estos últimos no gustaron mucho a varios prelados, por lo que hicieron llegar sus quejas hasta la Madre Patria y al Vaticano. Por tal motivo, el arzobispo Toribio de Mogrovejo encargó al jesuita José de Acosta (1540-1600) para que defienda las conclusiones del Concilio Limense ante el rey de España y ante el Papa. José de Acosta logró que en Madrid y Roma se aprobasen todas las actas del Concilio
Limense. El 18 de setiembre de 1591, el rey Felipe II dispuso por Real Cédula que “se guardasen los decretos del Concilio, sin mudar cosa alguna, y se diese apoyo a los prelados para su recto cumplimiento”.

4. “El Concilio Limense vino a ser –según Enrique Bartra S.J.- el esfuerzo colectivo más importante realizado por la Iglesia y la Corona española en el Nuevo Mundo hasta el siglo de la Independencia, para enderezar los destinos de sus pueblos por cauces de justicia y de superación humana y espiritual”.

Usó la lengua quechua

“El mismo Santo Toribio –dice su biógrafo José María Iraburu– que ya quizá en España estudiara el Arte y vocabulario quechua, a poco de llegar, usaba el quechua para predicar a los indios y tratar con ellos -‘desde que vine a este Arzobispado de los Reyes’-, le informa al Papa. Siendo tantas las lenguas, solía llevar intérpretes para hacerse entender en sus innumerables visitas. No poseía, pues, el santo arzobispo el don de las lenguas de un modo habitual, pero en algunos casos aislados lo tuvo en forma milagrosa, como la Sagrada Congregación reconoció en su Proceso de beatificación. En una ocasión, por ejemplo, según informó un testigo en el Proceso de Lima, entró a los panatguas, indios de guerra infieles. Salieron éstos en gran número con sus armas y le rodearon, ‘y su Señoría les habló de manera que se arrojaron a sus pies y le besaron la ropa’. Uno de los intérpretes quiso traducir al señor arzobispo lo que los indios le decían ‘en su lengua o usaba ni trataba’, pero éste le contestó: Dejad, que los entiendo’. Y comenzó a hablarles en lengua para ellos desconocida ‘que en su vida habían oído ni sabido... y fue entendido de todos, y vuelto a responder en su lengua’. En esta forma asombrosa ‘los predicó y catequizó y algunos bautizó y les dio muchos regalos y dádivas, con que quedaron muy contentos’. Fundó allí una doctrina, dejando un misionero a su cargo”.

Cumplió a cabalidad sus votos de pobreza

“El santo arzobispo renunció a todo pago y recompensa por sus ministerios episcopales, y hacía gratis las visitas pastorales. En cuanto a la renta asignada por el Patronato Real, se originaron ciertas calumnias que él rechaza y califica de absurdas, por tal motivo comunica al rey lo siguiente: ‘he distribuido mi renta a pobres con ánimo de hacer lo mismo si mucha más tuviera; aborreciendo el atesorar hacienda, y no desear verla para este efecto más que el demonio’. Un caballero de su confianza, que le ayudaba a distribuir limosnas, afirmó que el Santo le tenía dicho ‘yéndole a pedir limosna, que no había de faltar, que cuando no la tuviese vendería la recámara y aderezo de su casa para darlo por Dios, y que no tuviese empaque de venir a la continua a pedirle limosna, porque la daba siempre de buena gana’. Y que ‘si no bastase su renta, se buscase prestado para el efecto, que él lo pagaría’.

Gustaba de convidar a su mesa muchos días a indios pobres, y tuvo caridad con los emigrantes fracasados. Cuando no había dinero para los pobres, los familiares del arzobispo estaban en jaque, pues sabían que en tales ocasiones entregaba a los pobres sus propias camisas y ropas personales o algún objeto valioso que hubiere en la casa. En cierta ocasión el capellán y fundador de un hospital vino a pedir limosna, y el señor Quiñónez no pudo remediarle; pero al saberlo el señor arzobispo, le entregó secretamente una buena mula, que le tenían preparada para la próxima Visita, y un negro para el servicio del hospital, y con ellos se fue feliz ‘el buen viejo’. Enterado Quiñónez, corrió a recuperar la mula y el negro, pero no pudo hacerlo sin entregar seiscientos pesos”. (J. M.Iraburu).

Cayó enfermo en Motupe

Al final de su cuarta visita, cayó enfermo en el pueblo de Motupe, valle de Pacasmayo. De allí, siguió viaje a la villa de Saña con fiebre alta, lugar donde fue declarado desahuciado por el médico y falleció el 23 de marzo de 1606.

Fue beatificado en el año 1679

El Papa Inocencio XI lo beatificó el 28 de junio de 1679. El 10 de noviembre de 1726 fue canonizado por el Papa Benedicto XIII. En 1983, el Papa Juan Pablo II lo nombró “Patrono de todos los obispos de América Latina”.

Fuente: Julio Villanueva Sotomayor
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