José María Arguedas

José María Arguedas fue un escritor y antropólogo peruano, considerado como uno de los tres grandes representantes de la narrativa indigenista en el Perú junto a Ciro Alegría y Manuel Scorza.


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Jose Maria Arguedas


José María Arguedas Altamirano nació el 18 de enero de 1911 en Andahuaylas, en la sierra sur del Perú. Fue hijo de Víctor Arguedas Arellano y de Victoria Altamirano Navarro. Proveniente de una familia mestiza y acomodada, quedó huérfano de madre a los dos años de edad. Por la poca presencia de su padre —que era un abogado litigante y viajero—, y su mala relación con su madrastra y su hermanastro, se refugió en el cariño de los sirvientes indios, lo que hizo que se adentrara con la lengua y costumbres andinas que modelaron su personalidad.

Ingresó a la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos, en 1931; allí se licenció en Literatura, y posteriormente cursó Etnología, recibiéndose de bachiller en 1957 y doctor en 1963.  

En 1935 escribió ''Agua'', su primer libro de cuentos, que obtuvo el segundo premio de la Revista Americana de Buenos Aires. inaugurando una nueva época en la historia del indigenismo literario.

De 1937 a 1938 sufrió prisión en razón de una protesta contra un enviado del dictador italiano Benito Mussolini. Arguedas fue trasladado al penal ''El Sexto'' de Lima, donde permaneció encerrado ocho meses, episodio que que relatado en la novela del mismo nombre.

Su obra narrativa refleja, descriptivamente, las experiencias de su vida recogidas de la realidad del mundo andino, y está representada por las siguientes obras: Agua (1935), Yawar Fiesta (1941), Diamantes y pedernales (1954), Los ríos profundos (1958), El Sexto (1961), La agonía de Rasu Ñiti (1962), Todas las sangres (1964), El sueño del pongo (1965), El zorro de arriba y el zorro de abajo (publicado póstumamente en 1971).

Con ''Los Ríos Profundos'' propone la dimensión autobiográfica como clave interpretativa. En esta obra se nos muestra la formación de su protagonista, Ernesto (que recobra el nombre del niño protagonista de algunos de los relatos de Agua), a través de una serie de pruebas decisivas.

Su encuentro con la ciudad de Cuzco, la vida en un colegio, su participación en la revuelta de las mujeres indígenas por la sal y el descubrimiento angustioso del sexo son algunas de las etapas a través de las cuales Ernesto define su visión del mundo. El mundo de los indios asume cada vez más connotaciones míticas, erigiéndose como un antídoto contra la brutalidad que tienen las relaciones humanas entre los blancos.

Paralelamente a su formación profesional, en 1941 empezó a desempeñar el profesorado, primero en Sicuani, Cuzco, y luego en Lima, en los colegios nacionales Alfonso Ugarte, Guadalupe y Mariano Melgar, hasta 1949. . Fue Director de la Casa de la Cultura (1963-64) y Director del Museo Nacional de Historia (1964-66). En el campo de la docencia superior, fue catedrático de Etnología en la Universidad de San Marcos (1958-68) y en la Universidad Agraria La Molina (1962-69).

Arguedas era una persona que sufría de constantes depresiomes, llevándolo a un primer intento de suicidio en 1966.  Ya desde años anteriores, el escritor venía recibiendo múltiples tratamientos psiquiátricos.

Con aquel intento de suicidio, su vida no volvió a ser la misma. Optó por aislarse de sus amigos y renunció a todos los cargos públicos que ejercía en el Ministerio de Educación, con el fin de dedicarse a sus cátedras en la Universidad Agraria y en la de San Marcos.

En 1967 dejó su magisterio en la Universidad de San Marcos, y, casi simultáneamente, fue elegido jefe del departamento de Sociología de la Universidad Nacional Agraria La Molina, a la cual se consagró a tiempo completo.  Permaneció en el cargo por espacio de dos años. El 28 de noviembre de 1969, se encerró en el baño de la mencionada universidad y se disparó un tiro en la cabeza, muriendo luego de cinco días de penos agonía el 2 de diciembre.

El día de su entierro, tal como el escritor había pedido en su diario, el músico andino Máximo Damián tocó el violín ante su féretro, acompañado por el arpista Luciano Chiara y los danzantes de tijera Gerardo y Zacarías Chiara, y luego pronunció un breve discurso, en palabras que transmitieron el sentimiento del pueblo indígena, que lamentó profundamente su partida.





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