Desde París (AFP)

La odisea de ir a trabajar en un París colapsado por la huelga de los transportes públicos

Bocinazos impacientes de los conductores, codazos o empujones para poder subirse a uno de los pocos autobuses o metros que circulan, y hasta insultos de usuarios hastiados. Desplazarse por París, sumida en una huelga en los transportes públicos desde hace ocho días, se ha convertido en una verdadera odisea.

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Un pasillo de la estación de metro parisina de Chatelet, repleta de pasajeros el 12 de diciembre de 2019 en París, durante la huelga contra la reforma del sistema de las pensiones - AFP/AFP
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Bocinazos impacientes de los conductores, codazos o empujones para poder subirse a uno de los pocos autobuses o metros que circulan, y hasta insultos de usuarios hastiados. Desplazarse por París, sumida en una huelga en los transportes públicos desde hace ocho días, se ha convertido en una verdadera odisea.

"¡No me empujen, de lo contrario los golpearé!", advierte Evelyne Bonfill en un andén de la Gare du Nord, la estación de trenes más concurrida de la capital francesa. Su tren acaba de llegar y esta mujer de 57 años intenta retener a las docenas de personas que se amasan detrás de ella para poder subirse al vagón.

"En tiempo normal, entre mi casa y el trabajo, tengo una línea directa, pero como actualmente está cerrada debo tomar cuatro trenes y un autobús", se queja esta empleada en una oficina.

Tomar los transportes públicos en París se ha convertido en un desafío diario: nueve de las 16 líneas de metro están cerradas, cinco funcionan parcialmente pero están saturadas y solo dos, completamente automatizadas, es decir sin conductor, circulan normalmente.

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Un pasillo de la estación de metro parisina de Chatelet, repleta de pasajeros el 12 de diciembre de 2019 (AFP/AFP)

En la estación de La Defensa, el barrio de negocios de París, en donde se cruzan cada día miles de usuarios del metro, de trenes y del tranvía, se percibe la misma marea humana desde hace una semana.

Para poder acceder a la línea 1 del metro, una de las dos automatizadas, los usuarios deben esperar detrás de una cinta colocada por el personal de la estación para evitar estampidas. La multitud se impacienta pero se deja guiar dócilmente. "Todos podrán acceder al andén, manténganse tranquilos", les pide un responsable.

Una vez que éste retira la cinta algunos corren para posicionarse estratégicamente antes de la llegada del tren. "No sirve de nada correr, se van a hacer daño", les grita el agente.

- "Todo el mundo está cabreado" -

Aunque muchas de las estaciones están llenas de gente, generando a veces peleas que van hasta los insultos o a veces hasta los puños, la mayoría de usuarios mantienen la calma.

"La gente está molesta porque tiene que ir a trabajar, empujan y gritan, pero una vez que logran subirse al tranvía, los ánimos bajan rápidamente", cuenta Alain Brun, un camillero de 53 años. "Todo el mundo sabe que hay una huelga y que hay grandes posibilidades de llegar tarde al trabajo", dice.



Las calles se han convertido también en una selva.

"En cada semáforo la gente piensa que están en el Tour de Francia y quieren ser los primeros en acelerar", comenta molesta Bérengère Colas, de 30 años.

Esta mujer, que va en auto desde el este hasta el centro de París, cuenta también lo difícil que es conducir en calles repletas de bicicletas y monopatines "¡muchos de los cuales conducen en medio de la calle!"

Pero las dificultades no se limitan a los usuarios de vehículos de dos ruedas.

"Todos los automovilistas están cabreados, incluso a las 05H00 de la mañana", cuenta Françoise Garel, una enfermera de 63 años que realiza visitas a domicilio en su coche.

Frente a la huelga contra una reforma del sistema de pensiones muchos han optado también por compartir coches. Pero para Carole, una ingeniera de 32 años, "por la noche, con los atascos, es mejor regresar a casa a pie".

Los que pueden, toman taxis o vehículos Uber, pero los precios se han disparado. "Pagar 100 euros por una carrera es algo que molesta", dice Nabil Moussaoui, un consultor de 30 años.

Nanaëlle Aas, de 22 años, prefiere tomar uno de los monopatines en libre servicio en la capital francesa. Pero "a veces hay que caminar treinta minutos para encontrar uno que funcione", se queja.

Edmée Megnin, de 86 años, no tiene intención de cambiar su rutina. Dejó pasar dos autobuses llenos antes de poder subirse a uno. "Me da pena por los que trabajan pero yo tengo un lujo que ellos no tienen: ¡en mi casa me espera únicamente mi gato!", dice entre risas.

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