Las letras pequeñas en los contratos...

De nuevo he vuelto a ser el primero en llegar a la oficina. Desde hace algún tiempo, siempre me aborda el deseo de que esto no ocurra. Me gustaría tanto salir del ascensor y cruzarme con algún compañero ó alguien del personal de limpieza…

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Eso significaría que, por fin, habría pegado ojo la noche anterior. Pero eso no llega a ocurrir. Paso toda la noche leyendo, escuchando música relajante ó viendo la televisión con el único fin de acabar dormido, aunque solo fueran un par de horas. Al final, siempre decido ir a trabajar aún de madrugada, cuando los rayos de sol comienzan a despertar. ¡Cómo envidio al sol!, incluso él puede dormir. Un profundo cansancio me tiene atrapado en este cuerpo de muñeco. Mis torpes movimientos, más propios de un títere que de una persona, me dibujan como una figura espectral que vaga desde la entrada de la sala hasta mi cubículo. Pesadamente me dejo caer en mi silla. Sus pequeñas ruedas chirrían eclipsando el absoluto silencio que reina en la sala. Abro mi agenda y mis ojos se centran en la página de la fecha de hoy. Con esfuerzo, calculo que hace siete meses que he dejado de dormir. Intento recordar el motivo que me ha incapacitado para esta necesidad fisiológica, pero no lo consigo. No recuerdo nada. Apenas sé únicamente como me llamo, dónde vivo y dónde trabajo. Nada más. Sigo leyendo las citas que supuestamente escribiría ayer, o sabe Dios cuando. Mandar informe de estadísticas, realizar estudio de previsión de gastos…, callejón detrás cafetería esquina, 20h. ¿Qué significa esta dirección? y ¿con quién he de reunirme a las 20h? Siento una presión en mis sienes mientras intento recordar que significa esa cita, pero incluso si estuviera en disposición plena de mis facultades, no conseguiría recordarlo. Aquella extraña cita no había salido de mi puño y letra. Alguien la había escrito en mi agenda. De repente tuve la certeza de que para desvelar su identidad, no me quedaba otra opción que acudir a ese callejón.

Durante todo el día en la oficina, he tenido la extraña sensación de que todo lo que está ocurriendo ya lo he vivido. Seguramente sea una mala jugada de mi cabeza trastornada por la falta de sueño. Incluso ahora mismo, creo que estoy sufriendo una alucinación y que no estoy en este callejón, en la parte posterior de la cafetería. Pero todo es tan real, el olor a humedad mezclado con los olores que se escapan de la cocina de la cafetería, el gélido aire que corta mi cara, el resonar de mis pasos entre los muros del sucio callejón…

Muros del callejón. Sucias paredes que me cierran el paso. Este callejón no tiene salida. Miro en derredor mío y estoy solo. Mi reloj marca las 20.05h. Un siseo detrás de mí hace girarme bruscamente. En el fondo del callejón, de la pared lateral de mi izquierda, como si fuera un fantasma, sobresale la manga de un traje negro que me hace señas para que me aproxime. Cuando llego junto a él, me percato de que en la pared hay una abertura camuflada por otro muro interior, con los ladrillos dispuestos de tal forma que componen una ilusión óptica para engañar al ojo que mira y ocultar la entrada. En la abertura, un hombre de traje negro me pide que le acompañe. Mientras sigo aquel desconocido de espaldas anchas y piel morena que deja entrever su cuello hasta la nuca, me invade un profundo temor por lo que pueda ocurrir. Pero escasos segundos después, cuando hemos entrado en una pequeña habitación tenuemente iluminada que debió de servir de almacén, la curiosidad se ha adueñado por completo de mi cuerpo. El desconocido, sentándose detrás de una vieja mesa alargada, me invita a hacer lo mismo. Aquella mesa y el par de sillas constituyen el único mobiliario de aquella sucia estancia. Hasta que no me he sentado frente a él, no he podido percatarme de su extraña mirada que seriamente, no se aparta de mi cara. Era como si sus ojos reflejaran un profundo vacío, como si carecieran de pupilas ó éstas se hubieran perdido en el interior de su cabeza, absorbiendo casi toda la luz de la habitación, dejando únicamente la iluminación suficiente para vernos los rostros. Justo en el momento en el que iba a preguntarle que demonios hacíamos allí, aquel tipo sacó de uno de los bolsillos de su chaqueta una hoja doblada por la mitad y me la extendió. Empecé a leer lo que parecía un contrato:

Este documento contribuye a la adquisición del servicio de sueño en todas sus modalidades: ambiente, época, localización, idioma, sexo y cualidades extraordinarias que se le brinden al cliente durante la duración del sueño.

DCORP no se hace responsable de las posibles secuelas psicológicas en la fase de vida fuera del sueño del cliente, provocadas por el uso de su servicio.

DCORP exige el cumplimiento por parte del cliente, de no revelar ningún tipo de información sobre la entidad DCORP, sus servicios, y los factores derivados del uso de ellos.

El abajo firmante, acepta todas las condiciones expuestas anteriormente.

Ante mi estupor, el hombre de traje negro habló con voz serena.

- No tiene que sorprenderse, señor Steven. Es lo que ha estado buscando. Mírese, da pena verle. Esto le ayudará.

- Pero… ¿quién es usted?, ¿Qué tipo de empresa es esa tal DCORP?… Y ¿éste contrato?

Un aturdimiento hizo que me recostara en la silla y la ansiedad apareció ahogándome como si dos fuertes manos apretaran mi garganta. Todo esto es una alucinación por la falta de sueño, seguro. Eso es lo que necesito, dormir…

La voz, ahora con un tono más austero, continuó:

- De sobra sabe a quién pertenezco y a qué ha venido. Créame, lo recordará cuando disfrute de nuestros servicios. Por fin podrá dormir, mejor dicho, soñar. Ahora no me haga perder más el tiempo y firme.

- ¡No! –respondí rotundamente mientras me levantaba de la silla y me disponía a escapar de aquella habitación.

A mi espalda, una risa siniestra del hombre de traje negro me hizo correr hasta la puerta. El pomo no giraba y desesperado, retrocedí un par de pasos, corrí y derribé con el hombro la puerta cayendo de bruces junto a mi mesa de trabajo en la oficina. Cuando me incorporé, casi enloquecido y con el dolor palpitante del brazo, pensé en mi agenda. Cuando mis ojos volvieron sobre aquella hoja, un inmenso terror me sobrecogió. Debajo de la frase que me citaba en aquel callejón, con la misma letra, se podía leer:

GRACIAS.

Intenté gritar con todas mis fuerzas mientras mis ojos se llenaban de lágrimas, pero mi garganta no emitió sonido alguno. Me falta el aire, me falta el aire…

Sobrecogido, me desperté entre sudores de la peor pesadilla de mi vida. Alargué mi mano para coger el vaso de agua de la mesilla de noche, y sobre ella, descansaba aquel contrato de DCORP Dreams Corporation, con mi firma. Por primera vez, después de siete meses pude dormir, y tal como decía aquel contrato, soñar.

[Fuente]


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